En el discurso tradicional de la seguridad laboral, solemos señalar máquinas, protocolos o equipos de protección. Sin embargo, existe un factor mucho más determinante y a menudo infravalorado: los hábitos diarios de las personas.
Porque la seguridad no empieza en el casco ni termina en un procedimiento. Empieza —y muchas veces se pierde— en lo que hacemos cada día, casi sin pensar.









