Por Belén Viscasillas Vicepresidenta de la Junta Directiva y vocal de bienestar físico y Head of health and wellbeing en Ferrovial.
En el discurso tradicional de la seguridad laboral, solemos señalar máquinas, protocolos o equipos de protección. Sin embargo, existe un factor mucho más determinante y a menudo infravalorado: los hábitos diarios de las personas.
Porque la seguridad no empieza en el casco ni termina en un procedimiento. Empieza —y muchas veces se pierde— en lo que hacemos cada día, casi sin pensar.
La seguridad se construye (o se destruye) en lo cotidiano. Nuestros comportamientos repetidos crean hábitos, y esos hábitos condicionan cómo percibimos el riesgo, cómo reaccionamos y cómo tomamos decisiones. Esta idea, debería estar conectada con el enfoque de bienestar en una organización y no se trata de teoría. Es realidad operativa.
Un trabajador que duerme mal, que no se detiene a descansar, que normaliza trabajar bajo presión constante o que descuida su estado emocional, no solo ve afectado su bienestar sino que está incrementando el riesgo de accidente.
El factor humano es el eslabón más crítico (y más vulnerable)
La evidencia es clara: la mayoría de los accidentes laborales no se deben exclusivamente a fallos técnicos, sino a comportamientos humanos condicionados por hábitos y estados físicos y mentales.
- La fatiga reduce la concentración, ralentiza el tiempo de reacción y aumenta la probabilidad de error
- El estrés y otros malestares psicológicos influyen directamente en los comportamientos de riesgo y en el cumplimiento de las normas de seguridad
- La falta de descanso o los horarios prolongados disminuyen la capacidad de respuesta de los empleados y elevan el riesgo de incidentes
Incluso organismos internacionales han identificado que la fatiga está presente en un porcentaje relevante de los accidentes laborales.
Es decir: no es solo lo que hacemos, sino en qué condiciones lo hacemos.
Los malos hábitos son un riesgo silencioso. A diferencia de otros peligros visibles, los hábitos negativos no generan alarma inmediata. Se normalizan. Se integran en la rutina. Y precisamente por eso son peligrosos.
Algunos ejemplos habituales:
- Dormir menos de lo necesario o vivir en un estado constante de cansancio
- No hacer pausas ni respetar los tiempos de recuperación
- Alimentarse mal o hidratarse insuficientemente
- Trabajar con prisa, bajo presión o en modo “automático”
- Ignorar señales de estrés, ansiedad o saturación mental
Estos patrones no solo deterioran la salud física y mental, sino que erosionan progresivamente la capacidad de trabajar de forma segura.
Un trabajador fatigado no ve igual. No decide igual. No reacciona igual.
Y en entornos críticos —como una obra, una planta industrial o incluso un entorno de oficina con carga cognitiva alta—, esa diferencia puede ser determinante.
Además, cuando hablamos de seguridad también hablamos desalud mental y emocional. Históricamente la seguridad ha estado asociada a riesgos físicos. Hoy sabemos que eso es insuficiente. El bienestar psicológico —la capacidad de gestionar el estrés, mantener la atención, tomar decisiones equilibradas— influye directamente en los comportamientos seguros. Estudios recientes muestran cómo factores como la ansiedad, la depresión o la percepción del riesgo condicionan las conductas laborales y la exposición a accidentes.
Por tanto, ignorar el estado mental de las personas no es solo un error desde el punto de vista del bienestar. Es un fallo crítico desde el punto de vista de la seguridad.
¿Qué tal si hacemos “examen de conciencia” y nos preguntamos si realmente estamos abordando la raíz del problema?
En muchas organizaciones, seguimos centrando los esfuerzos en:
- Más normas
- Más controles
- Más auditorías
Pero si no abordamos los hábitos diarios, estamos actuando solo en la superficie.
Podemos tener los mejores procedimientos del mundo, pero si una persona está cansada, distraída o emocionalmente saturada, la probabilidad de error sigue existiendo.
Y ahí es donde nace la verdadera reflexión: No hay cultura de seguridad sólida sin cultura de hábitos saludables.
Si queremos avanzar hacia una cultura que integre bienestar y seguridad, el cambio real pasa por integrar ambas dimensiones: salud y seguridad como una misma conversación.
Esto implica:
- Entender que el autocuidado es un acto de responsabilidad profesional
- Incorporar hábitos saludables como parte de la cultura preventiva
- Dar visibilidad al impacto de la fatiga, el estrés y el estilo de vida en los accidentes
- Empoderar a las personas para que paren, descansen y se escuchen
Y, sobre todo, implica un cambio de mentalidad:
De ver la seguridad como cumplimiento… a verla como un resultado directo de cómo vivimos y trabajamos cada día.
Podríamos conclusión que lo que hacemos cada día puede salvarnos la vida, ya que la seguridad no es algo que activamos en momentos puntuales sino el resultado acumulado de cientos de decisiones cotidianas.
Dormir bien. Hacer pausas. Gestionar el estrés. Alimentarse correctamente. Pedir ayuda…En última instancia, cada uno de estos hábitos puede marcar la diferencia entre trabajar seguro o no hacerlo.
Y esa diferencia, en determinados entornos, no es menor: puede ser crítica.







