Por Belén Viscasillas, Vicepresidenta de la Junta Directiva y vocal de bienestar físico de OBBIO y Head of health and wellbeing en Ferrovial
Cada jornada laboral es en sí misma un entrenamiento donde ponemos a prueba nuestra capacidad de organizarnos, de tomar decisiones, de colaborar, de adaptarnos y de seguir avanzando incluso cuando el contexto es exigente. En este recorrido diario, el ejercicio físico y el deporte se convierten en una poderosa escuela de valores directamente transferibles a nuestro trabajo.
El deporte nos enseña, ante todo, autoliderazgo. Entrenar requiere compromiso con uno mismo, responsabilidad y disciplina. Nadie puede hacerlo por nosotros. Esa misma capacidad de liderarnos, de marcarnos objetivos y de sostener el esfuerzo en el tiempo es clave en el entorno profesional, donde la autonomía y la autorregulación marcan la diferencia.
También entrena la motivación y la inspiración. La práctica deportiva nos recuerda por qué empezamos, nos conecta con el propósito y nos enseña a encontrar sentido incluso en los días más duros. En el trabajo aprendemos a gestionar esa motivación, y cuando entendemos cómo funciona, no solo rendimos mejor, sino que contagiamos energía, actitud positiva y compromiso a quienes nos rodean.
El esfuerzo y la perseverancia son otros valores compartidos. El progreso no es inmediato ni lineal, ni en el deporte ni en la empresa. Aprender a sostener el esfuerzo, a ser constantes y a no abandonar ante la dificultad fortalece una mentalidad orientada al largo plazo, imprescindible para lograr resultados sólidos y sostenibles.
El deporte también refuerza valores esenciales como la resiliencia, al enseñarnos a gestionar el error y a levantarnos después de cada caída, y el trabajo en equipo, recordándonos que el rendimiento individual cobra verdadero sentido cuando contribuye al éxito colectivo. En las organizaciones, estos valores se traducen en mayor confianza, mejor colaboración y equipos más cohesionados.
Y aunque no es ninguna novedad, es una realidad demostrada que el movimiento impacta directamente en cómo trabajamos: aporta energía, claridad mental y equilibrio emocional. Nos ayuda a gestionar mejor el estrés, a mantener el foco y a tomar decisiones con mayor perspectiva. Personas más activas son personas más presentes, más comprometidas y con mayor capacidad de aportar valor.
Por todo ello, fomentar la actividad física y el deporte va mucho más allá del bienestar individual. Es una apuesta estratégica por personas que se lideran mejor, equipos más motivados y organizaciones más resilientes.
Porque, al final, todos somos atletas de lo cotidiano. Y cada entrenamiento —dentro y fuera del trabajo— es una oportunidad para crecer, mejorar y dar lo mejor de nosotros mismos.







